Querida Candela:

Hoy es un día duro para todos nosotros. Es el día en el que partiste a un lugar mucho mejor y tuvimos que despedirnos de tí. Cuando te fuiste, dejaste un gran vacío en todos los que tuvimos la suerte de conocerte y con el paso del tiempo, y tras haber llorado tu pérdida hemos podido llenar ese hueco con todos los buenos momentos que pasamos contigo. Hoy tengo el honor de escribirte esta carta y, aunque pasé poco tiempo contigo, son muchas las cosas que recuerdo y me han contado sobre tí, también son muchas las cosas que he aprendido de alguien tan especial como tú.

Ahora estás en el cielo, pero eso no te ha impedido, siempre que puedes, cuidarnos y darnos consejo. Ya no estás físicamente con nosotros, pero siempre nos estarás vigilando y nunca nos abandonarás. Siempre que te recordemos y cada vez que se nos presente alguna dificultad la sabremos afrontar con todas nuestras fuerzas y la mayor de nuestras sonrisas en la cara, siguiendo tu ejemplo.

Tú nos has enseñado que todas las mañanas, al despertarnos, tenemos que dar gracias a Dios por habernos dado todo lo eu tenemos y agradecer a nuestros padres, hermanos, profesores y amigos todo lo que hacen por nosotros, a sonreir frente a todas las adversidades, a nunca rendirse pase lo que pase, y un montón de cosas más, que si enumero nos podemos pasar aquí horas. Te doy gracias Candela por haberme enseñado todo esto y porque has sido la mejor profesora, amiga, compañera y persona que jamás he conocido. Muchas gracias.

 

Ahora me toca despedirme en este triste día, pero lo hago con la seguridad de que siempre estarás ahí en todo momento, dandome fuerzas para cumplir todo lo que me proponga en esta vida.

Gracias Candela y cuidanos a todos desde ahí arriba.

Tu compañera María.

   

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